Gordon, ilustrador de claros y oscuros

Desde mediados del siglo XIX, la ilustración y el humor gráfico experimentaron en Chile un desarrollo sostenido. El nacimiento de periódicos satíricos como El correo literario, en el que destacó el pintor Antonio Smith, primero, y más tarde, a partir del siglo XX, el surgimiento de las revistas ilustradas, fueron un campo fértil para que dibujantes, con y sin formación artística, se dieran a conocer.

El rol de la ilustración en la nueva centuria tuvo una de sus mejores expresiones en la revista Zig-Zag, nacida en 1905. Proclamándose como un modelo de prensa moderna para una sociedad moderna, la publicación dio desde su primer número un lugar privilegiado a la gráfica: “Los grabados de todo género tendrán en nuestro semanario una importancia capital, superior aún a la de su texto de lectura. Y una y otra forma (la gráfica y la literaria) se difundirán y compenetrarán estrechamente”, señaló en su editorial1.

Para lograr estos propósitos “en Estados Unidos se adquirieron las maquinarias más modernas que existían, y un taller completo de fotograbado capaz de ejecutar los trabajos delicados en ilustración, en negro y a todo color (…) y se contrató al mejor técnico en asuntos de grabados en colores, especialista en el sistema de impresión conocido con el nombre de “tricromía” o grabado en tres tintas, inexistente hasta ese momento en Chile”2.

Además, fue convocado un sólido grupo de colaboradores artísticos, tal como se denominaban en la época, entre los que se contaban Nataniel Cox Méndez (Pug), dibujante de gran talento muerto tempranamente; Pedro Subercaseaux, autor de Von Pilsener, el primer personaje del cómic nacional; Ricardo Richón Brunet, pintor y crítico; un equipo de artistas europeos como el francés Paul Dufresne, el español Juan Martín y los italianos Carlos Zorzi y José Foradori, que dieron un impulso fundamental a la gráfica local, junto a los chilenos Julio Bozo (Moustache) y Raúl Figueroa (Chao), pilares fundamentales de la caricatura moderna en el país.

A ellos se unió el pintor Arturo Gordon. Con una temprana formación en dibujo, además de estudios de Arquitectura y en la Academia de Pintura de la Escuela de Bellas Artes, el pintor dio sus primeros pasos en el mundo editorial como ilustrador del libro La Marejá (1910), un drama costumbrista de Antonio Orrego Barros. El escritor había conocido a Gordon poco antes, cuando era un “artista con ese aire triste y expresión de fatiga de los derrotados por la vida” que se aprestaba a abandonar la pintura ya que “no le era posible vivir de sus cuadros”3.

Junto con ofrecerle ilustrar su libro, le presentó a algunos personajes influyentes del ambiente cultural santiaguino, entre ellos al pintor español Fernando Álvarez de Sotomayor, por entonces director de la Escuela de Bellas Artes de Chile, quien sería determinante en la carrera de Gordon y en la formación de la Generación del 134.

Colaborador frecuente de la revista Zig-Zag y Selecta, posiblemente fue Orrego quien también abrió al pintor las puertas de las publicaciones periódicas. En ellas no solo pudo difundir su trabajo, sino también ganar un sustento, ya que sus colaboraciones eran pagadas, lo que representaba en sí mismo una importante innovación impuesta por las revistas ilustradas.

Para un pintor surgido desde fuera de los círculos de la élite, interesado en la representación “del vivir de signo popular”5, las publicaciones masivas eran además una oportunidad de dirigirse a un público sin duda cultivado, pero más amplio que aquel que frecuentaba los salones de bellas artes. En una época de fuertes contrastes y agitación social, le permitía profundizar en los motivos que caracterizaron su pintura, incorporando con mayor fuerza aspectos de la sociedad urbana del Centenario. En ese sentido, no es difícil advertir una concordancia entre el pintor y el ilustrador. Atmósferas de aire melancólico y gran tensión, composiciones estudiadas, una visión crítica de la sociedad de su época, el uso dramático de las luces y sombras, un trazo suelto que tiende a la síntesis de las formas, escenas en las que predominan los grupos y personajes de extracción popular son rasgos que se encuentran en ambos registros.

En Zig-Zag, Gordon no solo ilustró un poema de Orrego, también acompañó una crónica de Augusto Thomson,​ más conocido como Augusto d’Halmar, y desplegó su capacidad para capturar la atmósfera pueblerina y la emotividad de sus personajes en una serie de dibujos para el inquietante relato “La casa de los duendes”, de Januario Espinoza. Ese mismo año, la revista publicó en su portada dos coloridas pinturas del artista, en las que retrata a una pareja de mapuches y a una gitana, reiterando su interés por los tipos humanos locales.

Pero Gordon era un ilustrador a su modo. Lejos de buscar la descripción de un hecho o una escena del texto, se abocaba a recrear las fricciones de la vida colectiva y transmitir al lector las sensaciones que se desprenden de la narración. Ya lo había demostrado en sus trabajos para la revista Selecta. Nacida en 1909 al amparo del conglomerado editorial que comenzaba a conformarse en torno a la revista Zig-Zag, Selecta estaba orientada exclusivamente al arte y a la literatura, dando cuenta de la agitada vida cultural de la época y de las discusiones que la animaban. Entre mayo y junio de 1911 sus dibujos aparecieron junto a relatos de tintes costumbristas del chileno Emilio Rodríguez Mendoza y del colombiano Luis Cano, respectivamente, de los que Gordon ilustró pasajes protagonizados por muchedumbres, cuerpos entrelazados que literalmente se vuelven una masa en la que las individualidades son difíciles de distinguir. Una visión que pudo ser habitual para el pintor en una ciudad como Santiago, donde el acelerado crecimiento de la población y la falta de viviendas generaba centenares de conventillos duramente castigados por el hacinamiento, la miseria y la enfermedad. Era la contracara de un Chile que seguía cegado por las luces del Centenario.

Sus colaboraciones con escritores continuaron poco después en la revista cultural Pacífico Magazine, propiedad también de Zig-Zag y dirigida por Alberto Edwards y Joaquín Díaz Garcés, en la que entre 1913 y 1920 ilustró una treintena de cuentos de autores nacionales e internacionales. Junto a él completaban el equipo de dibujantes artistas connotados como Pedro Subercaseaux, Juan Martín, Richón Brunet y Carlos Wiedner. Sus firmas eran destacadas en los artículos e incluso eran parte del índice de la publicación, demostrando el importante rol que se les asignaba.

Gordon debutó en la publicación con dos ilustraciones para el cuento “El pájaro ciego”, del escritor Paul Arène, donde se reafirma su gusto por las escenas expresivas y de fuerte dramatismo. En los siguientes números sus dibujos acompañaron textos de Geraldo de Nerval, Edmundo de Amicis, Edgar Allan Poe, Daniel de la Vega, Miguel Magallanes Moure, Augusto d´Halmar y Rafael Maluenda, entre otros. En todos ellos pone especial atención a la fisonomía de los protagonistas, sus posturas y vestuarios, dando al lector la sensación de asistir al clímax de una obra teatral o de una fiesta de disfraces. Un aire carnavalesco que excluía completamente los aspectos festivos y se centraba en la representación. Ausentes y rígidos en muchas ocasiones, sus personajes llegan a tener en ciertos momentos una dimensión espectral. Este aspecto es evidente en sus ilustraciones para el cuento “Una máscara”, también de Arène, publicado en julio de 1913, donde el dibujante organizó las imágenes en torno al texto, en una disposición que recuerda a los murales que realizará en los años 20.

Estas características pueden atribuirse a la influencia de Goya, relación que se señala de manera frecuente en las descripciones de la pintura Gordon. Si bien el chileno no alcanza las notas grotescas del español, la intensidad de la puesta en escena, la disposición de los personajes y ciertos rasgos caricaturescos remiten en más de una ocasión a la serie de Los caprichos. Ejemplos claros se pueden encontrar en los dibujos para “Las hijas de Milton”, de Auguste Villiers de L’Isle-Adam, publicado también en julio de 1913.

Un registro similar se advierte en sus ilustraciones para los cuentos de Edgar Allan Poe, “El tonel de Amontillado” y “Hop-Frog”, publicados en agosto de 1913 y mayo de 1914, respectivamente, en los que potencia la expresividad de inspiración goyesca para encarnar en los rostros cincelados del mal y la crueldad.

Algo distintos son sus dibujos para la serie protagonizada por Ramón Calvo, el Sherlock Holmes chileno, personaje creado por Alberto Edwards. En ellos, manteniendo el estilo, se vuelca hacia atmósferas más mundanas y cosmopolitas, se sumerge en la agitación de la vida urbana y los modos de sus contemporáneos. Sin embargo, no abandona jamás su intento por develar las intrigas que van socavando las relaciones humanas. En el mismo registro se sitúan sus entregas para el folletín de aventuras “El justiciero”, de Paul Bourget, en las que el pintor demuestra sin limitaciones sus dotes como dibujante, tanto en las ilustraciones como en el título del relato.

Salvo excepciones como esta, sus trabajos están dominados por un aire de patetismo y pesadumbre. El anciano que entre penumbras mira un punto distante en el cuento “El experimento”, de diciembre de 1913, es un buen ejemplo.

Ningún género escapó a los lápices de Gordon. En Pacífico Magazine dibujó para relatos de inspiración histórica, militar, religiosa, mitológica y costumbrista, siempre a través de una aproximación teatral. De este grupo destacan “En mi rincón”, de Daniel de la Vega, con evocaciones a la arquitectura tradicional chilena, “La laguna encantada”, de Manuel Magallanes Moure, con sus paisajes campestres, y las obras Rafael Maluenda, con sus trabajados personajes rurales.

Entre las referencias al pasado chileno, resuenan especialmente sus ilustraciones para “La invasión”, de Miguel de Fuenzalida, “Las antiparras del Conquistador”, de Augusto d´Halmar, y “La historia del Escorpión”, de Joaquín Díaz Garcés, donde Gordon presenta una atenta reconstrucción de vestimentas y carruajes que hacen suponer una acabada documentación de cada período.

Particular interés tienen las ilustraciones para el cuento “La venganza del evadido”, de Victor Whitechurch, publicadas en agosto de 1919. El original de una de ellas es parte de las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes y permite considerar las limitaciones, desafíos y procesos de reproducción de obras en medios masivos. Si bien revistas como Zig-Zag y Pacífico Magazine contaban con tecnologías de impresión ampliamente superiores a la media nacional, el resultado final se aleja en este caso bastante de la propuesta de Gordon: el personaje de la izquierda queda completamente en las sombras, la sutileza de los grises es transformada en grandes zonas de claridad y oscuridad, los detalles se desvanecen y solo se distinguen los rasgos más genéricos de cada personaje. En la parte inferior derecha del dibujo aun se distingue el corte –y posterior pegado– de una sección, realizado para diagramar el texto, proceso que se hacía de forma completamente manual. Pese a todas estas dificultades, la ilustración logra expresar tanto la naturaleza de la escena como los sentimientos que atraviesan a los personajes.

A partir de ese momento, las colaboraciones de Gordon en Pacífico Magazine se hicieron más esporádicas. Sus dos últimas participaciones en la revista, “La Marsellesa”, de Leonidas Andreief (noviembre de 1919) y “La más grande a mi madre”, de Claude Farrere (mayo de 1920), son notables ejemplos de su obra como ilustrador, donde la muerte es una presencia gravitante, eco tal vez del horror de la Primera Guerra Mundial. En agosto de 1921, la publicación dejó de circular. Ese mismo año, el pintor recibió importantes distinciones en el Salón Oficial de Bellas Artes. El reconocimiento había llegado. Pero Gordon no olvidó su origen. En 1924 fue convocado a realizar dos grandes murales en la Biblioteca Nacional. Uno de ellos fue dedicado a la literatura, transformándose en un vibrante homenaje a ese arte que durante tanto tiempo lo acompañó y le entregó motivos para su poderosa obra como ilustrador.

Claudio Aguilera Alvarez
Jefe del Archivo de Láminas, Biblioteca Nacional

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