Arturo Gordon y los murales

La obra de Gordon se sitúa en los orígenes del muralismo social en Chile, junto a Laureano Guevara, tradición muralista que se retoma a principios del siglo XX con las obras de Pedro Lira y Pedro Subercaseaux y muchos otros olvidados por nuestra historiografía. En ellos, Gordon lleva su mirada de lo popular al muro, donde el hombre va creciendo en protagonismo, retratando trabajadores, campesinos y temporeros, a la mujer y al mundo indígena.

Los murales que se conservan de Arturo Gordon, salvo los de la Biblioteca Nacional, se encuentran dispersos en diferentes instituciones y han perdido su unidad conceptual como un solo mural compuesto por diferentes paneles, repartido cada panel como una obra independiente, separada de las otras que le dan su complejidad discursiva. Algunos no tienen aún un espacio donde exhibirse y se encuentran enrollados esperando un muro. Han sufrido un serio deterioro, no solo por su estado material, sino porque se ha perdido su sentido de conjunto mural y se han transformado en “una especie de tapicería o papel de colgadura” (Mora et al., 2003), “susceptibles de ser o no colgadas en diferentes muros según las necesidades y posibilidades de quien las tiene bajo su custodia” (Benavente C, et al., 2018).

Murales Biblioteca Nacional

Las primeras pinturas murales que conocemos de Arturo Gordon son los dos paneles que conforman su Alegoría a las Bellas Artes de la Biblioteca Nacional. Fueron encargados al artista en 1925, luego de que este ganara Medalla de Oro y el Premio del “Certamen Edwards” por su obra El Sarao (Porras V. et al., 2009). Gordon presenta los bocetos de estos murales en el Salón de 1926, donde obtienen la Primera Medalla en la categoría de Pintura Decorativa. Se trata de dos pinturas de grandes dimensiones (330 cm de alto por 297 cm de ancho), con un formato de arco de medio punto en su parte superior, ubicadas en el segundo piso de la caja de escala principal de la Biblioteca, en nichos especialmente diseñados. Es precisamente esta característica la que le da su condición de pintura mural: haber sido concebidas para un espacio arquitectónico determinado. Una tercera obra, Paisaje de Alfredo Helsby, conforman el conjunto de pintura mural de la rotonda de la Biblioteca Nacional.

Ambos paneles se encuentran realizados al óleo sobre tela, una arpillera de trama abierta compuesta por dos paños unidos en sentido vertical y adheridos al muro. El panel del lado izquierdo de la escalera representa la Alegoría a la Literatura, donde el personaje principal lleva una pluma en su mano, y el otro la Alegoría a la Música, donde lleva una lira. Se trata de personajes inmersos en un paisaje bucólico de ríos y árboles, en tonalidades apasteladas, personajes y musas detenidos a la espera de la inspiración para la creación que parece no llegar (Castillo, 1999).

Murales Exposición de Sevilla

La medalla obtenida por Gordon por las pinturas murales de la Biblioteca Nacional le valieron su nominación para decorar el pabellón de Chile en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. Junto a él trabajaría también Laureano Guevara (1889-1968). Sin embargo, esta no sería la primera experiencia en pintura mural de ambos pintores; según el mismo Guevara, él y Arturo Gordon habrían participado de un concurso para decorar un restaurant, organizado por el pintor José Backhaus (Espinoza & Valdebenito, 2020), quien fue profesor de Pintura Decorativa de la Escuela de Bellas Artes.

Al estar en el marco de una feria internacional, las obras debían aportar a la imagen que el país quería proyectar. Con este objetivo, Arturo Gordon inicia un proceso de estudios e investigación para “forjarse y aprehender una imagen de la realidad que le rodea” (Porras V. et al., 2009), especialmente del pueblo mapuche, para lo cual viaja recopilando “distintas locaciones, estudios del natural de dicha cultura, los que le llevan a capturar impresiones significativas para ampliar su conocimiento en torno a tales materias, exponerlas en sus obras e informar al espectador de un aspecto significativo del escenario nacional y de su entorno”(Porras V. et al., 2009).

Los artistas viajan en agosto de 1928 a Europa y el pabellón se inaugura en mayo de 1929. Los murales de Gordon se exponen a lo largo de la Sala de la Industria, una sala larga, con arcos que separaban los diferentes espacios y un artesonado de madera que condiciona la forma de sus obras. Los tres paneles titulados Industria Araucana, Frutos de la Tierra y La Vendimia son pinturas al óleo sobre tela de lino, de dimensiones aproximadas entre 1,60 metros de alto y 7 metros de ancho, pero de forma irregular en su parte superior. Estos reflejan diferentes actividades ligadas a la tierra y a la cultura ancestral mapuche, teniendo a la mujer como elemento constante y representativo y el paisaje como telón de fondo. Frutos de la Tierra muestra distintas actividades agropecuarias del país; se representa la pesca con un bote sobre el que trabajan dos hombres, delante de ellos una mujer carga una fuente con frutas; dos bueyes que tiran una gran carreta trasladan al espectador al campo chileno, las mujeres ofrecen con generosidad los frutos de la tierra. Canastos rebosantes de frutas y flores, enormes gavillas de trigo junto a montones de enormes zapallos y vasijas de vino que cae copiosamente al suelo, hablan al espectador de la fecundidad de la tierra chilena.

Por su parte, Industria Araucana traslada al espectador al paisaje del sur de Chile para representar al pueblo Mapuche a través de sus costumbres, vestimentas y actividades. Las mujeres se presentan realizando objetos de cerámica y en las actividades de tejido a telar; algunas llevan trarüwes y pichitrarüwes, el küpam sujeto en un solo hombro, aunque de colores diversos al tradicional, cintillos de tela en la cabeza y joyas tradicionales, como el tupu y chaway. Al centro de la obra, el único hombre en la escena se presenta erguido e imponente en medio del paisaje, vestido con chirupa, trariwe, makuñ y trarilonko, con un bastón y cuerdas. De fondo el paisaje dominado por la cumbre de un volcán, el lago y la ruca mapuche.

La tercera obra, titulada La Vendimia, dibuja el paisaje de la zona central, con sus álamos y casas de tejas rojas. La escena está dominada por tres hombres que realizan labores de campo. A la izquierda, un hombre de chupalla recolecta uvas en grandes canastos y sobre él, una gran parra pasa por sobre las cabezas de una pareja que vuelve de la faena. El hombre lleva chupalla y un poncho en el hombro, y la mujer, única en la escena, viste de manera sencilla y con un pañuelo en la cabeza. Juntos parecen llevar un canasto con uvas. También está representada la trilla, a la derecha de la mujer se observa una gran parva de trigo y un hombre con lo que parece ser una pala de madera y un locomóvil, utilizado hasta inicios del siglo XX en estas faenas.

Si bien son obras figurativas, Gordon no exacerba el detalle, los elementos que las componen se presentan simplificados, sintetizados. Tanto el paisaje como los elementos de la naturaleza y sus habitantes parecen simplificarse para llegar a la unidad mínima que permite su identificación, se transforman en símbolos. Los cuerpos adquieren una solidez, pesadez y monumentalidad que concuerdan con el pabellón en el que se encuentran. Sin dejar de mostrar una sensualidad y amabilidad en sus formas, se unen al elemento simbólico elegido por el arquitecto para representar a Chile, la cordillera de Los Andes. Así proyectan la imagen de una nación de espíritu progresista, formada por un pueblo serio y trabajador, con abundantes recursos naturales por ser explotados y donde la cordillera de los Andes se instala como símbolo preponderante (Sylvia Dümmer Sheel, 2012).

Las obras están ejecutadas con pinceladas cortas y rítmicas en sentidos oblicuos, aplicadas con firmeza y seguridad, con un pincel grueso o incluso brocha (Porras V. et al., 2009) contenidas por un dibujo preliminar de trazo firme. Estas pinceladas rítmicas y enérgicas dejan espacios en los que se observa la base de preparación o el color inferior. La paleta cromática está dominada por gamas pasteles de gran intensidad y saturación cromática. Según Melchers, el viaje a Europa habría ampliado la gama cromática del artista e iluminado su paleta, “el pintor trae en su pupila un paisaje que es todo color, que es todo vida, luz y el recuerdo de unos cielos radiantes y unos maravillosos atardeceres”(Espinoza & Valdebenito, 2020, p. 10).

Los murales a su regreso de Sevilla en 1930 quedaron en custodia de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos hasta 1974, cuando son entregados en comodato a la Universidad Católica de Talca, que las exhibe en el museo de la Villa Cultural Huilquilemu. Permanecen en ese lugar hasta que en 1996 la obra Frutos de la Tierra es robada y devuelta, después de una campaña mediática, cortada en cuatro partes (Benavente C, et al., 2003). Después de un largo proceso de restauración1, Frutos de la Tierra es destinado a la Casa del Pilar del Museo Regional de Rancagua, específicamente a la sala “Símbolos de Identidad Regional”. Los otros dos paneles, Industria Araucana y La Vendimia, pertenecen hoy al Museo O’Higginiano y de Bellas Artes de Talca.

Murales Museo Histórico

Las últimas obras murales que se conocen de Arturo Gordon son dos de los tres frisos que le encarga el Ministerio de Obras Públicas a su regreso de Sevilla para lo que sería el Museo Histórico Nacional, en las dependencias de lo que es hoy Archivo Nacional. Este encargo se materializa en 1930, pero ya en 1926 Antonio Acevedo adelanta que el museo tendría obras del artista, “…se nos ha informado que el Museo Histórico llevará decoraciones debidas a su pincel” (Acevedo Hernández, Zig-Zag, 1926).

Los temas que abordaban estas pinturas, según Ernesto Saúl, eran “el tema indio aborigen, el tema histórico-militar y el tema colonial (Saúl, 1970). Las obras fueron presentadas en el Salón Oficial de 1930 como:

“153 Boceto inicial para la Sección Colonial. Frisos de la fachada. (Encargo del Gobierno),
154 Frisos a medio tamaño para el Museo Histórico Nacional. (Encargo del Gobierno)
155 Frisos a medio tamaño para el Museo Histórico Nacional. (Encargo del Gobierno)”

No hay claridad de si los murales se instalaron finalmente en el Museo Histórico Nacional, pero de lo que sí hay certeza es que en 1970, al menos dos de ellos, se encontraban en una bodega del Ministerio de Obras Públicas y habrían estado ahí desde su creación en 1930, “olvidados y polvorientos” (Saúl, 1970). Uno de ellos, de 1,30 x 4 metros y el otro de 1,30 x 7 metros. Hoy, uno se encuentra en la Biblioteca Nacional, se trataría del denominado Friso Araucano, por lo menos así aparece nombrado y fotografiado en la sección Al compás de la Semana de la revista Zig-Zag, sección semanal escrita por la crítica de arte Elvira Santa Cruz y Ossa (1886-1960) bajo el seudónimo de Roxane. En él indica, “En la segunda sala, un Friso Araucano de Gordon, servirá́ para adornar nuestro Museo Histórico Nacional; la composición de las figuras es admirable y su colorido violeta muy acertado”(Roxane, 1930). Según Espinoza y Valdebenito, la obra estaría inspirada en el poema épico La Araucana de Alonso de Ercilla, “particularmente la Guerra de Arauco entre españoles y araucanos” (2020, p. 49). Sin embargo, observando la obra y los elementos que la componen, se podría decir que la temática aborda principalmente el encuentro entre dos culturas. Podemos ver a la izquierda de fondo una carabela con las velas desplegadas y la cruz en ella, que nos habla de la llegada a América de los españoles, destacando los elementos para la guerra, entre ellos el caballo y el cañón, y, aunque no de manera literal, la fe representada a la derecha en la figura de la mujer con un niño en una posible alegoría a la Virgen María y el Niño Jesús. También la agricultura, representada por el hombre en el extremo derecho, que lleva una especie de azadón en su mano. El contraste entre las dos fuerzas que se encuentran es evidente, entre el soldado español de armadura y espada y los indígenas vestidos de pieles y taparrabos llevando solo arcos y flechas. A la derecha se observa una mujer que levanta con su mano una tela de colores azul, blanco y rojo, quizás en alusión a la bandera de Chile.

La segunda obra sería la que hoy se encuentra en el Museo Mapuche de Cañete Ruka Kimvn Taiñ Volil. Se trata también de un mural sobre tela, firmado y fechado en 1930, de 1,20 x 7,5 metros. Esta pintura bien podría ser la que Ernesto Saúl denomina “el tema indio aborigen”, en ella se observan diferentes elementos del pueblo Mapuche, como el juego del palín, el tejido a telar y la platería, que conforman también parte de su vestimenta; también la ganadería y la alfarería.

Ambos murales siguen el formato de las obras de Sevilla, y si bien se repiten algunas escenas, como las tres mujeres de la derecha del mural mapuche que muestran el proceso del tejido a telar, no son exactamente iguales. En estas obras el paisaje no es un elemento preponderante, son los personajes quienes adquieren el rol principal, abarcando prácticamente todo el espacio pictórico, quizás como una forma de decir que es el hombre el que construye la historia.

Del tercer panel, ese que representaba el tema colonial (Saúl, 1970), no se tienen antecedentes; quizás nunca llegó a pintarse y solo quedó en boceto, tal como se registra en el catálogo del salón de 1930.

Las obras murales que realiza Arturo Gordon lo encuentran a él en plena madurez, y se observa en ellas un desarrollo claro en el abordaje de este tipo de obras en pocos años. Las diferencias entre las primeras obras realizadas para la Biblioteca Nacional en 1926 y las últimas de 1930, muestran una comprensión de la función pública de la pintura mural. Pasar de una representación bucólica de las artes como son las obras de la Biblioteca Nacional, a la sintetización de las formas y de los elementos que conforman el paisaje, entre los cuales se encuentra el ser humano, hablan de su comprensión de la pintura mural “como recurso plástico y como medio para socializar el arte y hacerlo extensible a todas las capas de la sociedad (en cuanto diseño fácilmente observable como estructura y como sencillo transmisor de mensajes)” (Porras V. et al., 2009).

Angela Benavente
Conservadora restauradora, Centro Nacional de Conservación y Restauración

1 Proceso realizado por el entonces Laboratorio de Pintura del Centro Nacional de Conservación y Restauración de la Dibam. Ver Benavente, Ossa, Maturana: “Frutos de la Tierra”: rescate y puesta en valor. Revista Conserva Nº 7, 2003.

Bibliografía

Acevedo Hernández, A. (1926, junio 10). «Pintores Nacionales: Arturo Gordon». Revista Zig Zag, 1116.

Benavente C, A., Ossa I., C., & Maturana M., L. (2003). “Frutos de la Tierra”: Rescate y puesta en valor de una pintura mural sobre tela. Revista Conserva, No7, 51-63.

Benavente C, A., Pérez S., M., & Martínez S., J. M. (2018). MURALES SIN MURO: SITUACIÓN ACTUAL DE LOS MURALES DE LAUREANO GUEVARA Y ARTURO GORDON. Revista Conserva, 11.

Castillo, R. (1999, febrero 20). Musas sin empleo. Diario El Mercurio. Revista Vivienda y Decoración.

Comisión de Bellas Artes. (1927). Catálogo Exposición de Bellas Artes, Salón de 1927. Imprenta Siglo XX.

Dümmer Sheel, Sylvia. (2012). Sin tropicalismos ni exageraciones. La construcción de la imagen de Chile para la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929. Ril Editores.

Espinoza, R., & Valdebenito, Y. (2020). Informe Pintura Mural Palacio Pereira.

Marcos, F. (1972, junio 4). Capítulo olvidado de la pintura social en Chile. Muralistas. Diario La Nación.

Maturana M., L. (1997). Alegoría de las Bellas Artes. Arturo Gordon (1883-1944. Revista Conserva, No1, 37-41.

Mora, P., Mora, L., & Philippot, P. (2003). La conservación de las pinturas murales (C. Venaza, Trad.). Universidad del Externado de Colombia.

Porras V., G., Maturana M., L., & Ossa I., C. (2009). Arturo Gordon: Investigación estético-histórica de la serie de tres pinturas murales del Pabellón de Chile en la Exposición de Sevilla de 1929. 13, 22.

Roxane. (1930, noviembre). Al compás de la semana. Revista Zig Zag.

Saúl, E. (1970, abril 22). Arturo Gordon. Años de rebelión. Revista Ercilla.

Universidad de Chile (Ed.). (s. f.). Catálogo Exposición de Bellas Artes, Salón Oficial 1930. Editorial Nascimiento.

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