Arturo Gordon La irrupción del color

En abril de 1970, hace poco más de 51 años, se inauguraba en las salas del entonces Instituto Cultural de Las Condes una exposición retrospectiva del pintor chileno Arturo Gordon (1883-1944). El tiempo transcurrido después de su muerte había fortalecido su prestigio en la escena plástica chilena y la crítica de entonces lo encumbraba como el principal exponente de su generación. En una nota sobre la exposición, Antonio Romera señalaba que Gordon había quebrado “el destino infausto” de la Generación del 13 y que poseía “cierta manera estilística” que lo volvía, sino el mejor, al menos el más reconocible del grupo1.

Desde entonces, las obras de Gordon han formado parte de numerosas exposiciones colectivas desarrolladas en el señalado centro cultural. Sus Velorios del angelito, sus series de ranchos y escenas costeras, así como sus retratos de mujeres y bodegones, han sido exhibidos en compañía de las obras de sus condiscípulos del 13, de los llamados “grandes maestros de la pintura chilena”, de los principales costumbristas chilenos, etc. Sin embargo, la necesidad de volver a reunir una muestra representativa de su obra se hacía cada vez más imperiosa con el paso de los años.

Y no es la nostalgia del Chile profundo que sus escenas reflejan lo que motiva esta nueva exposición. La vigencia de su obra no estriba en los motivos de sus cuadros, sino en su lenguaje pictórico, en esa suerte de “vocabulario plástico” que destacaban los investigadores Milan Ivelic y Gaspar Galaz, en donde el color cumple un rol trascendental, porque “el paisaje se hizo color, doblegando al tema”2. “Gordon logra transmitir con el color, muchas veces de manera más intensa que con la representación, el auténtico mensaje que se propone emitir”3, en la medida en que enfrenta su obra “con un espíritu que tiende a valorizar las artes visuales en forma autónoma y por lo que dichas artes son en sí con exclusión del tema o de otros factores ajenos a lo pictórico”4.

Esta forma de entender la pintura lo hizo romper con la tradición académica, cuyos principales exponentes chilenos fueron sus maestros en la Escuela de Bellas Artes –entre ellos, Cosme San Martín y Pedro Lira–, para ponerlo a la vanguardia de la escena pictórica nacional, a través de sus “soluciones cromáticas de una enérgica y audaz vivacidad”5. En esa misma Escuela recibió el impulso trasgresor e inspirador de Juan Francisco González, a quien los académicos reprochaban sus cuadros siempre inconclusos y su pincelada frenética, y de Fernando Álvarez de Sotomayor, que fortaleció una tendencia natural en Gordon hacia el tenebrismo y lo “orientó a intensificar el color, mostrándoles las ricas posibilidades del empaste y del empleo del color puro”6.

Esto último fue, por lo tanto, el criterio que guió la selección de las obras que forman parte de esta nueva exposición retrospectiva de Arturo Gordon. La fuerza de los tonos primarios y su intenso contraste entre fríos y cálidos, que iluminan y jerarquizan la composición de sus escenas y le imprimen a la atmósfera de sus cuadros una nota siempre dramática y conmovedora, que constituye el sello característico de su producción.

Estos colores no nacen de la observación de las escenas que el autor se dispone a pintar. No existen en el vestuario de los campesinos y proletarios chilenos de la primera mitad del siglo XX, tampoco en los muros de los ranchos esparcidos por los suburbios, campos y caletas de pescadores. Brotan de su paleta de manera arbitraria y autónoma, para convertirse en verdaderos conceptos, en piedras angulares de su imaginario pictórico, en las huellas visibles de su emocionalidad.

En su trayectoria artística es posible advertir una progresión en el desenvolvimiento de su gama cromática. Si bien siempre manifestó una predilección por escenas interiores nocturnas, con bruscos y dramáticos claroscuros, a medida que pasan los años, el colorido de los motivos se dinamiza. En ese sentido, su viaje a España y Francia en 1928-1929, no solo le permitió conocer las obras de sus principales referentes en el Museo del Prado y el Louvre, sino también maravillarse ante la luminosidad de Andalucía.

Al punto que, tras su regreso a Santiago, se declaraba imposibilitado de pintar, porque ve “todo gris”7. En esta nueva etapa de su producción, que se inicia a partir de su experiencia europea, Gordon refuerza la síntesis formal a raíz del conocimiento de las obras de Cézanne e “intensifica, aclara y extiende la escala cromática que hasta entonces lo identificaba”8.

Esta exposición, por tanto, atravesada por la irrupción del color, recorrerá también las principales series temáticas de Arturo Gordon, desde las escenas de costumbres populares –tanto bohemias como religiosas– hasta los ranchos rurales, las caletas de pescadores y los retratos.

El tambor mayor

Originario de Valparaíso, “donde nacieron no pocos de los mayores artistas de este país y adonde ninguno logró vivir nunca”9, vivió en Casablanca y a los siete años llegó a Santiago. Ya en la capital, mientras asistía al Liceo Miguel Luis Amunátegui, conoció a Augusto d´Halmar, quien lo describe como: “[algo] dogmático y bastante irónico, mantenía a raya a sus interlocutores, y como en aquella época no estuviera aún en boga el fácil tuteo de ahora, pocos se atrevieron a emplearlo a veces con él, y nunca me permití yo hacerlo”10. Waldo Vila, quien lo conoció años más tarde, en la Escuela de Bellas Artes, coincide con la visión de d´Halmar, en torno al carácter sarcástico y distante de Gordon:

 

“…pintor de pequeña aunque erguida figura, flemática compostura y altiva dignidad, cualidades estas que le venían de lejos, de aquella su estirpe británica de sus lejanos antepasados. Sus amigos íntimos, como el poeta Max Jara y aquel otro poeta de recóndita tristeza que fuera Carlos Mondaca, lo apodaban por estas características ‘el tambor mayor’.
Arturo Gordon se movía así entre los demás hombres, como envuelto en su altiva compostura, la que defendía con la aguada punta de su tremenda mordacidad”11.

Sus condiciones para el dibujo eran evidentes, aunque el profesor del Liceo intentara inútilmente que se limitara exclusivamente a seguir con precisión las líneas de las figuras geométricas que le proponía. Y quizás siguiendo la inercia de esa formación tradicional, ingresó a estudiar Arquitectura a la Universidad de Chile, carrera que abandonó después de un par de años, para matricularse en la Escuela de Bellas Artes.

Allí, la figura principal era Pedro Lira, quien tenía un numeroso y leal grupo de discípulos. De esta primera etapa formativa existe un estudio de niño que Gordon presentó al Salón Independiente de 1907. El trabajo evidencia el influjo de Lira, sobre todo por el parentesco que tiene el niño de Gordon con la obra El pelusa de Lira, que forma parte de la colección de la Casa-Museo Santa Rosa de Apoquindo. El interés por los asuntos populares que manifestó Lira en la última etapa de su producción pictórica, que alcanzó una de sus notas más altas en la obra El niño enfermo del Museo Nacional de Bellas Artes, también contribuyó a fortalecer las inclinaciones naturales del joven estudiante.

Junto a sus maestros, sus compañeros serían vitales para el desarrollo artístico de Gordon. Esa suerte de familia que conformó la llamada Generación del 13, a raíz de una exposición que celebraron en los Salones de El Mercurio ese año. A esta generación de artistas les tocó experimentar el cambio de siglo y la celebración del centenario de la república, que propició una profunda reflexión y balance crítico en torno a la trayectoria del país. Se trata de un contexto de una vertiginosa modernización, en donde entra en crisis todo un sistema político y cultural “que fue construido durante el siglo XIX por la elite liberal, y hegemonizado, desde 1891, ostentosamente, por la oligarquía”12. Vinculados con la corriente hispanista que había cobrado fuerzas en Chile e Hispanoamérica desde fines del siglo XIX y que tuvo un inmejorable propagador en Fernando Álvarez de Sotomayor, esta generación de pintores se opuso al academicismo francés que había imperado en la escena artística chilena.

Los integrantes de la Generación del 13 provenían en su gran mayoría de la clase media y baja. Se formaron en torno a la Escuela de Bellas Artes y muy pocos de ellos tuvieron la oportunidad de viajar al exterior. También fueron bohemios tenaces, al punto que varios murieron tempranamente a raíz de sus excesos13. De ahí emana su carácter trágico y probablemente también su condición heroica, en la medida en que se proponen superar el realismo académico y pompier14 que contaba con el decidido respaldo de la institucionalidad cultural y la clase dirigente. Se abocaron principalmente a la pintura costumbrista, explorando en las raíces de la cultura chilena una siempre huidiza identidad o alma nacional. “Al romper con los privilegios temáticos y al incorporar escenas de la vida cotidiana, aun en sus aspectos más sórdidos, este grupo amplificó el campo temático de la creación artística”15.

La mayoría de quienes se han ocupado, aunque sea muy sucintamente de la vida y obra de Gordon, suelen destacar sus diferencias con respecto a las condiciones materiales de existencia de sus compañeros, apuntando a su vida ordenada, su éxito artístico –aunque no necesariamente económico– y su muerte a avanzada edad. Pero esa distancia no fue tal. Nunca gozó de una situación económica holgada. Su formación y posterior vida profesional giró en torno a la Escuela de Bellas Artes, tanto la de Santiago como la de Valparaíso y Viña del Mar, a encargos para el Estado, y sólo en 1929 pudo viajar tardíamente a Europa.

Antonio Orrego Barros (1880-1974) recuerda la situación en que se encontraba Arturo Gordon mientras estudiaba en la Escuela, aproximadamente en 1908.

“Vivía más allá de la Palma, donde la calle va insensiblemente transformándose en carretera. Las casas (…) revelaban la pobreza de sus moradores. (…) Preguntamos por Gordon y apareció el artista con ese aire triste y expresión de fatiga de los derrotados por la vida.

 

Nos dijo, con amargura, que ya no pintaba pues no le era posible vivir de sus cuadros. No le pagaban ni los materiales. No pudo comprar telas y utilizaba cartones regalados en la Casa Prá. Se le acabaron las pinturas y pinceles. ¿Qué hacer?

Su padre deseaba que regresara al campo para ayudarlo. Le había escrito y en esos momentos estaba liando sus bártulos”16.

 

La visita de Orrego terminó siendo providencial, porque le encargó las primeras ilustraciones para su libro La Marejá (1910) y también porque le mostró un cuadro de Gordon al recién llegado Álvarez de Sotomayor, quien al verlo exclamó: “¡Si esto es un Goya! ¿Hay por aquí cuadros de Goya?”. Y entusiasmado por el hallazgo, pidió prestado el cuadro y lo presentó a la Exposición Internacional del Centenario de Argentina, donde obtuvo una segunda medalla y fue comprada por el Museo de Bellas Artes.17.

A partir de la experiencia en el libro La Marejá, Gordon inicia una fructífera labor como ilustrador en las revistas Selecta, Pacífico Magazine y Zig-Zag principalmente, donde comparte espacio con Pedro Subercaseaux, Manuel Magallanes Moure, José Backhaus, Rafael Valdés, Jorge Coke Délano y Ricardo Richon Brunet, entre otros. Al dibujo suma luego la exploración de nuevas técnicas, como el grabado y la litografía, que acaba manejando con inusual maestría. Además, tiene la oportunidad de relacionarse con los más destacados escritores de la época, insertándose más profundamente en el campo cultural. Este trabajo le permite cierta estabilidad económica mientras se afianza su carrera como pintor.

En 1908 inicia sus envíos a los Salones Oficiales. Obtiene la Tercera Medalla en pintura con la obra Impresiones de la noche del terremoto de 1906, y al año siguiente alcanza la Segunda Medalla. En 1910, como ya señalamos anteriormente, gana la Medalla de Plata en la Exposición Internacional de Buenos Aires con La Meica del barrio, y en Chile tiene una destacada participación en la Exposición del Centenario. El Museo de Bellas Artes compra para su colección la obra Nocturno, y un crítico de los salones describe sus cuadros como “de atmósfera inquietante en que se agitan personajes funambulescos”. A pesar de lo promisorio de sus participaciones en los salones, suspende sus envíos en 1911 y solo los retoma en 1921, la década de su consagración.

El pintor del pueblo

A lo largo de toda su producción artística, Gordon fue muy consistente con respecto a sus motivos. Su interés estaba puesto esencialmente en el pueblo y sus diversas manifestaciones y costumbres. Aun así, no concebía su pintura como una herramienta política o de denuncia y tampoco buscaba la nota pintoresca y folklórica que abundaba en la obra de Álvarez de Sotomayor. Su relación con el asunto tratado era problemática. Se sentía miembro de ese pueblo, pero su condición de artista parecía obligarlo a tomar cierta distancia. De tal forma, así como no pretendía denunciar las condiciones miserables en que vivían muchos de sus compatriotas, jamás pensó en retratar los vicios y defectos del pueblo con afanes moralistas o pedagógicos. Se internó en el mundo de la bohemia sin ser bohemio, se sintió atraído por las fiestas y ceremonias religiosas populares sin ser católico, incluso sintiendo una declarada antipatía hacia los curas, a quienes les impidió darle la extremaunción, como recordaba una de sus hijas.

Lo que hace Gordon, apunta Romera, es tomar “la nota popular como punto de partida para llegar a soluciones eficaces desde el punto de vista plástico. Es decir, el color, la forma, la composición, el dibujo y el ritmo espacial, para expresar el tema buscado”18. Y en ese sentido se puede enmarcar también la afirmación de Vila: “Con Gordon aparece por primera vez lo popular de Chile, con sus pescadores, sus marineros, las leyendas de la tierra, realizadas con su gran calidad de extraordinario dibujante y colorista sin par, logrando como nadie, ajustar un dibujo propio a una gama rica de colores que solo a él pertenece”19. Por último, podemos citar a d´Halmar: “No será el pintor épico del pueblo, pero sí es el más familiar y a la vez menos chabacano de sus intérpretes y si bien su pincel los estiliza, nunca los caricaturiza”20.

La década de 1920 se inicia con su regreso triunfal a los salones oficiales. Su obra El estrado, que posteriormente será conocida como El sarao, obtiene la Medalla de Oro y el Premio de Historia en el Certamen Edwards del Salón de 1921. Además, sus pinturas superan la resistencia inicial de los coleccionistas locales y comienzan a valorizarse en el mercado. En medio de este camino ascendente, el pintor Carlos Alegría, que había fundado la Academia de Bellas Artes de Valparaíso, en los subterráneos de la Biblioteca Severin, decide abandonar su dirección y Arturo Gordon recibe la invitación para asumir el cargo21. En octubre de 1922 asume formalmente la dirección de la Academia, marcando el retorno a su ciudad natal. Allí da inicio a su serie sobre los pescadores y reanuda sus paseos por los cerros de Valparaíso:

“Silencioso y un tanto solitario, solía deambular por los viejos barrios de Valparaíso, de empinadas callejuelas y casas inverosímiles como derribadas por el viento contra los cerros; de aquellas barriadas con sus nombres que llaman al exotismo como el de la ‘cabritería’, la calle de Leonardo da Vinci, donde se codean en raro amalgamiento hombres de fechorías enlazando a mujeres de pelo nutrido y brava mirada, marineros extranjeros del mar de enfrente, de anchas espaldas y uniformes vistosos que ostentan las insignias de países distantes”22.

En 1925, el Gobierno le encarga las pinturas murales que decorarán el segundo piso de la Biblioteca Nacional, palacio que estaba afinando los últimos detalles para su inauguración. En razón de eso, resuelve regresar a Santiago e instalar su taller en los altillos de la Escuela de Bellas Artes. Allí lo visita Antonio Acevedo Hernández, quien puede apreciar los avances del trabajo. “Tocaremos también sus aptitudes de pintor muralista. (…) La Biblioteca debería tener su gran pórtico griego, debido a Gordon, que se muestra un clásico y delicado colorista”23. Los bocetos de los murales son premiados en el Salón de 1926 con la Primera Medalla de Pintura Decorativa y llaman la atención porque se distancian del carácter criollista de la pintura de Gordon, para tratar motivos de la iconografía clásica. Los murales definitivos llevan por título Alegoría de las Bellas Artes, uno de ellos consagrado a las Letras y el otro a la Música24.

En 1925, el Gobierno le encarga las pinturas murales que decorarán el segundo piso de la Biblioteca Nacional, palacio que estaba afinando los últimos detalles para su inauguración. En razón de eso, resuelve regresar a Santiago e instalar su taller en los altillos de la Escuela de Bellas Artes. Allí lo visita Antonio Acevedo Hernández, quien puede apreciar los avances del trabajo. “Tocaremos también sus aptitudes de pintor muralista. (…) La Biblioteca debería tener su gran pórtico griego, debido a Gordon, que se muestra un clásico y delicado colorista”23. Los bocetos de los murales son premiados en el Salón de 1926 con la Primera Medalla de Pintura Decorativa y llaman la atención porque se distancian del carácter criollista de la pintura de Gordon, para tratar motivos de la iconografía clásica. Los murales definitivos llevan por título Alegoría de las Bellas Artes, uno de ellos consagrado a las Letras y el otro a la Música24.

Esta incursión en la pintura mural no solo enriquece su repertorio, sino que también lo inscribe en la historia temprana del muralismo chileno, junto a Pedro Lira, Pedro Subercaseaux, Alfredo Helsby y Laureano Guevara. Y es precisamente junto a este último artista con quien Arturo Gordon emprende un nuevo desafío: el encargo de la decoración del Pabellón de Chile para la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929.

Su participación en este evento internacional es un hito muy relevante en su trayectoria artística, porque representa su consagración en la escena chilena y también da inicio a una nueva etapa productiva. Tras el éxito obtenido en los salones oficiales y la aceptación de sus pinturas murales de la Biblioteca Nacional, las autoridades y en especial Alberto Edwards, el curador del pabellón chileno, pensaron que Gordon era un artista capaz de representar el espíritu colectivo del pueblo, principal objetivo de la delegación chilena en Sevilla.

“Si en certámenes anteriores, como la Exposición Universal de París en 1889 o la de Buffalo en 1901, el país se había esforzado por hacer una buena muestra de su producción extractora y manufacturera y de presentarse en forma superior a sus pares latinoamericanos, en 1929 se sumaba a dichos objetivos el de hacer sentir en el pabellón ‘el alma nacional’”25.

Chile estaba embarcándose en una nueva pesquisa identitaria, que debía ir más allá de su historia estrictamente republicana para encontrar el origen y soporte de su cultura. En ese contexto, la arqueología, la antropología y el folclor se volvían centrales. El imaginario oficial decimonónico, con su simbología republicana importada de la revolución francesa, había sido reemplazado por contenidos folclóricos e indigenistas26, y Gordon junto a Guevara eran los llamados a interpretar y revelar esa nueva identidad. La pintura mural, que era rechazada durante la década del centenario por considerarla obscena y carente de la belleza ideal del academicismo, se convertía ahora en oficial.

En agosto de 1928 viaja a España para trabajar en los murales que deberían estar listos para la inauguración de la Exposición en mayo de 1929. De los siete murales que decoran el pabellón chileno, tres son de Gordon, Frutos de la tierra, La industria araucana y La vendimia, y los tres reciben Medalla de Oro.

Aprovecha muy bien su estadía. Visita los principales museos españoles y franceses y también se da tiempo para organizar una exposición individual, que inaugura en julio de 1929 en la Sala Rivas y Calvo de Santiago. En Chile lo espera un nuevo encargo, los murales para el Museo Histórico Nacional.

Durante la última etapa productiva de Gordon coexisten las obras de pequeño formato, en donde intensifica su paleta de colores y la síntesis formal, con obras monumentales, pesadas y convencionales, pero que gozan de gran aceptación entre coleccionistas privados e instituciones. Habitan en Gordon una faceta experimental y siempre inquieta del artista insatisfecho, junto a otra más comercial. Como era de esperar, solo se mantienen vigentes aquellas obras en donde Gordon continuó su búsqueda y exploraciones cromáticas y formales.

Sus últimos años transcurrieron en la ciudad de Viña del Mar, donde se dedicó a dirigir la flamante Academia de Pintura. Murió el 27 de octubre de 1944.

Arturo Gordon enriqueció notablemente el repertorio de nuestra tradición pictórica, incorporando todo un universo de personajes, escenas y costumbres que habían permanecido desplazados o abordados solo de manera pintoresca. Y lo hace a través de una composición y uso del color también inéditos. La irrupción de los colores de Gordon marcó para siempre la historia de la pintura chilena. Y eso es precisamente lo que la Corporación Cultural de Las Condes reconoce hoy a través de esta nueva exposición retrospectiva de su obra.

Pedro Maino Swinburn

1 Romera, Antonio. “Arturo Gordon. Exposición Retrospectiva”. El Mercurio, Santiago, 23 de abril de 1970.

2 Ivelic, Milan y Galaz, Gaspar. La pintura en Chile. Desde la Colonia hasta 1981. Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1981, p.

3 Maturana Meza, Lilia, Ossa Izquierdo, Carolina y Porras Varas, Gustavo. “Arturo Gordon: investigación estético-histórica de la serie de tres pinturas murales del Pabellón de Chile en la Exposición de Sevilla de 1929”. Conserva 13. Santiago: 2009, p. 31.

4 Romera, Antonio. “Arturo Gordon”. Catálogo Exposición Retrospectiva Arturo Gordon. Sala La Capilla, Teatro Municipal. Santiago: 1974.

5 Maturana et al, op. cit., p. 31.

6 Ivelic y Galaz, op. cit.

7 Melcherts, Enrique. Arturo Gordon. Santiago: 1987, p. 20.

8 Maturana et al, op. cit., p. 30.

9 D´Halmar, Augusto. Textos sobre arte. Edición de Amalia Cross. Santiago: Metales Pesados, 2017, p. 210.

10 Ibid.

11 Vila, Waldo. “Arturo Gordon”. Diario Ilustrado, Santiago, 15 de marzo de 1953.

12 Subercaseaux, Bernardo. Historia de las ideas y de la cultura en Chile, vol. II. Santiago: Editorial Universitaria, 2011, p. 35.

13 Zamorano, Pedro Emilio. “Generación del 13, ¿heroica capitanía?”. Atenea 497. Concepción: Universidad de Concepcion, 2008, pp. 169-174.

14 Romera, Catálogo… op. cit.

15 Ivelic y Galaz, op. cit.

16 Orrego Barros, Antonio. “La azarosa vida del pintor Arturo Gordon. El camino de la gloria”. En Viaje 358, Santiago, agosto de 1963, p. 4.

17 Orrego publicó estos recuerdos el año 1963, más de cincuenta años después de los hechos, por lo que incurre en varias imprecisiones con respecto a títulos de obras, premios y años, aunque en líneas generales es verídico.

18 Romera, Catálogo… op. cit.

19 Vila, op. cit.

20 D´Halmar, op. cit., p. 211.

21 Melcherts, op. cit., p. 17.

22 Vila, op. cit.

23 Acevedo Hernández, Antonio. “Informaciones de arte de Zig Zag. Pintores nacionales Arturo Gordon”. Zig Zag 1116, Santiago, 10 de junio de 1926.

24 Maturana, Lilia. “Alegoría de las Bellas Artes”. Conserva 1. Santiago: 1997, p. 38.

25 Dümmer Scheel, Sylvia. “Los desafíos de escenificar el ‘alma nacional’. Chile en la Exposición Iberoamericana de Sevilla (1929)”. Historia Crítica 42. Santiago: 2010, pp. 86.

26 Ibid.

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